Bio

Las nueve lunas se cumplieron un noveno día del tercer mes del estío.
Las coordenadas geográficas señalaron el margen del río Carcarañá, en un pueblo de viejas Postas del Antiguo Camino Real, al que llamaron Arequito.
Por tres días me nombraron ELIZABETH, tal como lo había elegido mi madre; algo así como marca de reina de la familia, de la casa, de lo doméstico. Con corona de latón, semejante a un abollado colapastas.
El destino, o mi padre, que ofició de rompehechizo, fue quién frente a no figurar en las listas de las nombrables, saca de la galera o de la literatura que escuchó de boca de mi abuelo Juan, la palabra mágica que me da vida nuevamente: BEATRIZ.
Ese mismo día amanecí y anochecí con dos nombres distintos.
Día señalado, tal vez por ser 1960 año bisiesto. Año iniciático de una década de rebeldía e innovación.
Nombre de reina versus nombre de heroína.
Señal o profecía que están adheridas a mi piel. Siempre como doble condición. Como marca en el orillo.
Llegado el fin de la escuela primaria, a la reina del hogar la esperaban bastidores, agujas y sedalinas para abrir la puerta para ir a bordar.
Pero la protagonista de los cuentos impuso su deseo de navegar entre libros y el conocimiento.
Abrió las puertas de las bibliotecas.
Sintió que ese era su lugar en el mundo.
Dos historias, dos mandatos, dos nombres y la rebeldía a lo formalmente aceptado, continúa besándome la boca.






